Si me hubieran dicho hace unos años que estaría frente a un público hablando de algo escrito por mí, me habría echado a reír. ¿Cómo narices he llegado aquí? Es de locos.

A veces, cuando la vida me da unos minutos de respiro para pensar, echo la vista atrás y soy consciente de todo lo que me ha pasado. Obviamente, es apenas nada en comparación con muchos otros autores, pero para mí es todo un mundo. Me queda tanto camino… Un camino que no sé si podré llegar a recorrer, pero que disfrutaré igualmente. Porque en esto que hacemos no hay objetivo, ¿no? Me refiero a que no hay un final, un momento en el que todo termine. Podremos ser más o menos conocidos, podremos publicar libros o guardarlos en un cajón, pero siempre seguiremos escribiendo. O al menos, eso quiero pensar. Ahora mismo, no veo el momento en el que yo pueda decidir que ya no quiera escribir más.

Todo esto es en parte gracias a la gente que me apoya, gente como la que vino el viernes a acompañarme a la presentación. Gente que, a pesar de ser una tarde calurosa de un viernes de julio, sacó tiempo para sentarse frente a mis dos novelas para escuchar pacientemente lo que yo tuviera que decir. No os voy a engañar, llevaba muchos días llena de nervios. No de esos que no te dejan dormir, pero sí de los que te pellizcan el estómago sin previo aviso. Estuve ocupada haciendo mini libritos para repartir en la presentación (y tuve a mi novio y a mis padres bastante explotados), algo que me ayudó a no darle demasiadas vueltas al hecho de que tendría que sentarme a hablar de lo que yo había escrito en la intimidad de mi casa.

Hacía tiempo que quería hacer una presentación, pero nunca encontraba el momento. Sé que a simple vista puede parecer que soy muy habladora (vale, eso es porque lo soy) y que quizás no me importe mucho hablar en público. Bien, pues es mentira. Lo paso mal (y bien, ya me entendéis), sobre todo antes de empezar. Por suerte, el viernes conté con la ayuda de Anabel Botella, una persona que se mostró totalmente cercana y generosa desde que la conocí. Conocía a Anabel por sus redes sociales y, por supuesto, por sus libros. He leído algunos de ellos y admiro todo lo que ha conseguido gracias a su esfuerzo y su talento. Así que, cuando se ofreció a presentarme, no pude estar más agradecida.

Cuando por fin llegó el viernes, sentía ansiedad, nervios y también mucha ilusión. Por suerte, familiares y amigos vinieron a apoyarme y me hicieron sentir casi como en casa. Anabel dedicó a las novelas unas palabras increíbles y me hizo preguntas muy interesantes. Al final, fue una conversación entre amigas, opinando sobre personajes, riendo al recordar alguna escena. Repartí esas bolsitas que habíamos estado preparando en casa, cada una de las cuales llevaba dos minilibros (Reset y Mierda en mis tacones) con sus prefacios incluidos, y dos piruletas de corazón (una roja y otra azul, que imaginaos cómo dejaba la lengua).

El tiempo fue pasando sin apenas darme cuenta y me quedé con un buen sabor de boca. Aunque seguro que no tanto como a los asistentes, a los que creo que les encantaron las piruletas. Acabamos todos con las lenguas rojas y azules. Y yo, personalmente, con una sonrisa de oreja a oreja que me duró hasta el día siguiente.

Gracias a los que vinisteis, a los que no pudisteis venir, a los que me apoyáis siempre. Gracias por vuestras palabras de ánimo, por comprar los libros, por pedirme que os los firmara. Gracias a Anabel Botella, a Escarlata Ediciones y a Bibliocafé. Gracias a todos los que me dais una oportunidad.

Gracias a ti, que estás leyendo esto.

Lorena Pacheco