Cuando veía a autores haciendo presentaciones de sus libros, a medio camino del «qué guay tiene que ser» estaba la idea de «qué diría yo si me tocara; eso sería un desastre», y cuando desde Escarlata me dijeron que podían organizar una para que hablara de Las cenizas que quedan más que la duda de qué voy a hacer, tenía miedo por qué pensaba que nadie querría tenerme hablando.

Lo cierto es que el miedo a las cosas desconocidas es un mecanismo de defensa ancestral que está muy bien diseñado —en serio—, porque de esa manera logré abstraerme de lo que tenía que hacer hasta que fue el momento final ¡y no tengo que decir que estuviera nerviosa! Al menos hasta que quedaban cinco minutos y no sabía si me castañeaban los dientes por el frío o por esos nervios —por supuesto que era por el frío—.

Por suerte —porque resulta que tengo muchísima—, Madame Bovary es uno de esos lugares con encanto en medio de la ciudad, de esos a los que vas a charlar con calma mientras tomas el té. Eso fue justo lo que consiguió Trini Palacios para la tarde del viernes: darme la sensación de que había ido a charlar con calma con el libro mientras tomaba el té. Sin presión y sin el pánico escénico que pensaba que iba a tenerme de bloqueo en bloqueo, y con la posibilidad de que los que habían ido se animaran a meterse en la conversación y bucear entre las cenizas.

Hicimos un pequeño recorrido por el mundo de la novela y sus personajes, con preguntas sobre lo rarita que soy cuando escribo, que me hizo pasarlo muy bien dando la paliza a los presentes. Porque resulta que hasta ese momento no había pensado en las cosas buenas que puede haber en el mundo que cree para Las cenizas que quedan —esa unión de grupo o el nuevo interés por proteger al que está al lado que se está perdiendo en nuestra sociedad—.

Pude jurar que no tengo una mente perturbadora aunque me empeñe en escribir sobre cómo destruimos el mundo o explicar por qué razón a Aline, la protagonista de la novela, le falta un brazo, que son detalles de los que quizá no hubiera hablado sin esta oportunidad. Porque la cuestión es que recuerdo muy a menudo lo genial que me lo paso cuando escribo, pero la posibilidad de compartirlo con más gente lo hace mucho más especial.

Luego tocó el momento de las firmas, para las que hasta tenía bolígrafo especial preparado —decidme que todos los escritores tienen uno para la ocasión, por favor—, y que me permitió hablar un poquito más con los que se habían apróximado, después de acercarlos un poco a la obra. ¡Resulta que a la gente le interesó lo que había dicho! El mundo nunca dejará de sorprenderme, la gente es asombrosa. Y mi sonrisa todavía más grande.

Cuando salí, me fui con la sensación de haber hecho algo, por fin, que me hacía mucha ilusión aunque no lo supiera antes. Por eso, no puedo evitar dar las gracias —sí, una vez más; no me canso— a las chicas de Madame Bovary por acogerme; a todos los que me acompañaron aquel día, que dejaron a un lado lo que tuvieran que hacer y lucharon contra los atascos del Black Friday para escucharme decir tacos y pedir perdón después. A Escarlata Ediciones, claro, que han hecho la apuesta por mí. A los que me dan la oportunidad. Y a quien haya dejado a un lado el mundo, a veces terrorífico en el que vivimos, para leerme aunque sea solo en esta (breve) crónica: gracias, espero que el viaje haya merecido la pena.

Andrea Prieto Pérez